Hay momentos en los que la vida nos pide perseverar. Sin embargo, también existen momentos en los que insistir exactamente de la misma manera deja de ayudarnos.
Un plan cambia. Una expectativa no se cumple. Algo que funcionaba deja de funcionar. Una circunstancia nos obliga a tomar una ruta diferente.
Entonces aparece una pregunta que considero fundamental: ¿adaptarme significa renunciar a quien soy?
Creo que no.
De hecho, una de las capacidades psicológicas más interesantes para comprender la resiliencia es precisamente la flexibilidad: la posibilidad de modificar nuestra manera de responder cuando las circunstancias cambian, sin perder de vista aquello que realmente importa.
La investigación contemporánea sobre resiliencia está dando cada vez más importancia a esta capacidad. Bonanno, Chen y Galatzer-Levy (2023), por ejemplo, plantean que la adaptación resiliente depende en buena medida de la flexibilidad regulatoria: evaluar lo que una situación requiere, disponer de diferentes estrategias y ser capaces de cambiar cuando nuestra primera respuesta deja de ser útil.
Por otra parte, desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), la flexibilidad psicológica se relaciona con permanecer en contacto con la experiencia presente, dar espacio a pensamientos y emociones difíciles y, aun así, actuar de acuerdo con nuestros valores (Hayes et al., 2006).
Por eso, en este artículo quiero proponerte una idea central: ser resiliente no siempre significa resistir más; a veces significa aprender a cambiar de estrategia sin abandonar lo que da sentido a nuestra vida.
Qué es la flexibilidad psicológica
La flexibilidad psicológica puede entenderse como la capacidad de estar presentes ante lo que pensamos y sentimos, responder de acuerdo con las circunstancias y orientar nuestras acciones hacia aquello que valoramos.
Dicho de una manera más sencilla: significa poder cambiar cuando cambiar ayuda y perseverar cuando perseverar tiene sentido.
Por lo tanto, no hablamos de adaptarnos ciegamente a todo lo que ocurre.
Tampoco hablamos de convertirnos en personas que cambian de opinión constantemente.
Más bien, hablamos de desarrollar suficiente apertura para preguntarnos:
¿La estrategia que estoy utilizando sigue funcionando?
¿Estoy reaccionando automáticamente?
¿Estoy evitando algo simplemente porque resulta incómodo?
¿Qué necesita realmente esta situación?
¿Qué decisión se parece más a la persona que quiero ser?
Estas preguntas abren espacio entre lo que ocurre y nuestra respuesta.
Y precisamente ahí comienza la flexibilidad.
Flexibilidad psicológica y resiliencia no son exactamente lo mismo
Aunque están relacionadas, flexibilidad psicológica y resiliencia no son conceptos idénticos.
La resiliencia se refiere, de manera amplia, a los procesos de adaptación frente al estrés, la adversidad o circunstancias desafiantes.
En cambio, la flexibilidad psicológica describe más específicamente nuestra capacidad para relacionarnos de manera abierta con nuestra experiencia interna y ajustar nuestra conducta según el contexto y nuestros valores.
En consecuencia, podemos considerar la flexibilidad psicológica como uno de los recursos que pueden favorecer respuestas resilientes.
Bonanno et al. (2023) destacan precisamente que no existe una estrategia universal para afrontar la adversidad. Una respuesta puede funcionar en determinada situación y ser poco útil en otra.
Por ejemplo, perseverar puede ser extraordinariamente valioso cuando estamos aprendiendo una habilidad.
Sin embargo, perseverar en una estrategia que claramente no funciona puede convertirse en obstinación.
De igual manera, aceptar una realidad inevitable puede ser adaptativo. Pero aceptar pasivamente una situación que sí podemos modificar puede impedirnos actuar.
Así, la pregunta no debería ser solamente: “¿Cuál es la mejor estrategia?”
Sino: “¿Cuál es la estrategia más adecuada para este momento?”
Adaptarse no significa resignarse
Esta distinción me parece particularmente importante.
A veces confundimos adaptación con resignación.
Sin embargo, adaptarse significa reconocer la realidad disponible para decidir cómo responder a ella. En cambio, resignarse puede implicar asumir que no existen alternativas.
Por ejemplo, aceptar que una situación cambió no significa necesariamente estar de acuerdo con ella.
Significa reconocer:
“Esto es lo que está ocurriendo ahora”.
Y, a partir de ahí, preguntarnos:
“¿Qué quiero hacer con esto?”
Por lo tanto, la aceptación puede convertirse en un punto de partida para la acción.
Si niego constantemente aquello que ya ocurrió, gran parte de mi energía permanece atrapada intentando modificar el pasado.
En cambio, cuando reconozco la realidad, puedo comenzar a decidir qué hacer con el presente.
La rigidez psicológica: cuando solo conocemos una respuesta
Todos tenemos formas habituales de reaccionar.
Algunas personas intentan controlar.
Otras evitan.
Algunas confrontan.
Otras se retiran.
Hay quienes trabajan todavía más cuando sienten incertidumbre.
Y también hay quienes se paralizan.
Estas respuestas no son necesariamente buenas o malas. El problema aparece cuando utilizamos la misma estrategia independientemente de lo que la situación requiera.
Por ejemplo, una persona puede aprender que perseverar siempre funciona.
Entonces persevera en el trabajo, en un proyecto, en una relación, en una discusión y hasta frente al agotamiento.
Sin embargo, aquello que inicialmente fue una fortaleza puede convertirse en rigidez.
Por eso, la flexibilidad psicológica nos invita a ampliar nuestro repertorio de respuestas.
No se trata de eliminar nuestra forma habitual de actuar, sino de tener más posibilidades disponibles.
Dar espacio a las emociones difíciles
Uno de los componentes centrales de la flexibilidad psicológica consiste en dejar de luchar constantemente contra todo aquello que nos resulta incómodo.
Muchas veces pensamos:
“No quiero sentir esto”.
“Necesito dejar de preocuparme”.
“Debo quitarme esta tristeza”.
“Quiero dejar de tener estos pensamientos”.
Sin embargo, cuanto más intentamos controlar algunas experiencias internas, más atención podemos terminar prestándoles.
La propuesta de ACT no consiste en disfrutar las emociones difíciles ni en resignarnos ante ellas. Más bien, consiste en desarrollar mayor disposición para experimentarlas sin permitir que gobiernen automáticamente nuestras decisiones (Hayes et al., 2006).
Por ejemplo:
Puedo estar frustrado y responder con respeto.
Puedo sentir incertidumbre y seguir actuando de acuerdo con mis valores.
Por consiguiente, la meta no siempre es sentirnos mejor antes de actuar.
A veces podemos actuar de manera significativa mientras atravesamos una emoción difícil.
Nuestros pensamientos no siempre son instrucciones
Otra expresión de flexibilidad consiste en aprender a observar nuestros pensamientos sin asumir automáticamente que todos describen la realidad.
Podemos pensar:
“Esto va a salir mal”.
“No voy a poder”.
“Siempre me pasa lo mismo”.
“Si cambio de plan, significa que fracasé”.
Sin embargo, pensar algo no convierte ese pensamiento en un hecho.
En ACT, este proceso se conoce como defusión cognitiva: aprender a relacionarnos con nuestros pensamientos como experiencias mentales y no necesariamente como órdenes o verdades absolutas.
Podemos introducir una pequeña distancia mediante algo tan sencillo como cambiar:
“No puedo hacerlo”.
por:
“Estoy teniendo el pensamiento de que no puedo hacerlo”.
La situación externa no cambia inmediatamente.
Sin embargo, cambia nuestra relación con el pensamiento.
Y, por lo tanto, aparece nuevamente una posibilidad de elección.
Flexibilidad psicológica significa volver a nuestros valores
Si todo consistiera en adaptarnos, podríamos terminar cambiando constantemente según las circunstancias.
Por eso los valores son tan importantes.
Los valores funcionan como una especie de brújula.
Las rutas pueden cambiar, pero la dirección permanece.

Por ejemplo, puedo valorar:
la familia,
la honestidad,
el aprendizaje,
el servicio,
la justicia,
el amor,
la creatividad,
la espiritualidad,
el bienestar.
Sin embargo, la manera concreta de vivir esos valores puede cambiar dependiendo del momento.
Supongamos que valoro profundamente ayudar a otras personas.
Durante una etapa puedo hacerlo trabajando intensamente.
Pero, si llego al agotamiento, vivir ese mismo valor quizá requiera primero cuidar de mí.
Por eso, cambiar de estrategia no necesariamente significa abandonar nuestros valores.
A veces significa encontrar una manera más sostenible de vivirlos.
La flexibilidad también implica saber cuándo persistir
Podría parecer que ser flexible significa cambiar constantemente.
Pero no.
Hay momentos en los que necesitamos modificar el camino.
Sin embargo, también existen momentos en los que el desafío consiste en tolerar la incomodidad y continuar.
Por ejemplo, aprender algo nuevo puede generar frustración.
Construir una relación requiere conversaciones difíciles.
Alcanzar una meta puede implicar atravesar etapas de incertidumbre.
Por consiguiente, abandonar ante la primera dificultad tampoco representa flexibilidad.
La pregunta vuelve a ser contextual:
¿Esta incomodidad forma parte de avanzar hacia algo importante?
¿O estoy insistiendo en algo que dejó de ser saludable o posible?
No siempre tendremos una respuesta inmediata.
Aun así, hacernos la pregunta ya nos permite responder con mayor conciencia.
Flexibilidad psicológica ante los cambios inesperados
Los cambios suelen confrontarnos con una pérdida de control.
Habíamos imaginado un camino y aparece otro.
En esos momentos, la rigidez puede hacernos invertir enorme cantidad de energía intentando recuperar exactamente aquello que habíamos planeado.
En cambio, la flexibilidad nos permite reconocer:
“Esto no era lo que quería. Sin embargo, es la realidad desde la que ahora necesito decidir”.
Para mí, una de las expresiones más profundas de resiliencia aparece precisamente ahí: cuando dejamos de exigir que la vida vuelva a ser exactamente como era para comenzar a preguntarnos qué podemos construir con lo que existe ahora.
Eso no significa celebrar la pérdida.
Tampoco significa afirmar que todo sucede por una razón.
Significa recuperar capacidad de acción.
La ciencia de la resiliencia también está hablando de flexibilidad
La relación entre flexibilidad y resiliencia no es solamente conceptual.
Las revisiones recientes sobre resiliencia destacan cada vez más la importancia de procesos dinámicos y dependientes del contexto. En lugar de buscar una lista fija de características que definan a las personas resilientes, la investigación está observando cómo evaluamos situaciones, seleccionamos respuestas y las modificamos cuando dejan de funcionar (Bonanno et al., 2023).
Asimismo, investigaciones recientes continúan explorando la flexibilidad psicológica en diferentes contextos. Una revisión de alcance publicada en 2026 identificó 88 estudios que habían investigado flexibilidad o inflexibilidad psicológica y bienestar en ambientes laborales. Además, sus autores señalan que el interés científico por este proceso ha aumentado especialmente desde 2020 (Roche et al., 2026).
No obstante, también existe un punto importante de cautela: la literatura aún presenta diferencias en cómo se define y mide la flexibilidad psicológica. Por ello, conviene evitar convertirla en una nueva “receta universal” para el bienestar.
La flexibilidad es un recurso.
No una obligación de adaptarnos a cualquier condición.
Cuando adaptarnos demasiado también puede ser un problema
Esta última idea merece especial atención.
Existe un riesgo cuando hablamos de adaptación: terminar colocando toda la responsabilidad sobre la persona.
“Adáptate”.
“Sé flexible”.
“Cambia tu manera de pensar”.
Sin embargo, no todas las circunstancias deberían ser aceptadas.
Hay entornos que necesitan cambiar.
Relaciones que necesitan límites.
Organizaciones que necesitan mejores condiciones.
Situaciones injustas que requieren ser cuestionadas.
Por lo tanto, la flexibilidad psicológica no debería utilizarse para pedirle a alguien que tolere permanentemente aquello que le hace daño.
A veces la respuesta más flexible no consiste en adaptarnos al entorno.
Consiste en modificarlo, alejarnos o pedir que cambie.
Cómo desarrollar mayor flexibilidad psicológica
Podemos comenzar con algunas prácticas sencillas.
1. Detente antes de reaccionar
Cuando algo cambie inesperadamente, intenta crear unos segundos de espacio antes de responder.
Además, pregúntate qué estás sintiendo y qué impulso aparece.
2. Identifica la estrategia que estás utilizando
¿Estás evitando?
¿Controlando?
¿Insistiendo?
¿Postergando?
¿Buscando apoyo?
Reconocer nuestra estrategia permite evaluar si sigue siendo útil.
3. Pregúntate si funciona
No preguntes únicamente:
“¿Esta es mi forma habitual de hacerlo?”
Pregunta también:
“¿Esto me está acercando a donde quiero estar?”
4. Reconoce lo que no puedes controlar
Después, dirige tu energía hacia aquello donde sí tienes capacidad de acción.
5. Regresa a tus valores
Cuando no sepas qué hacer, pregúntate:
“¿Qué clase de persona quiero ser frente a esta situación?”
6. Amplía tus alternativas
Antes de actuar, intenta identificar al menos dos o tres maneras diferentes de responder.
A menudo creemos que solo existe una porque estamos acostumbrados a utilizarla.
7. Permítete cambiar de opinión
Modificar una estrategia frente a nueva información no necesariamente significa incoherencia.
En muchos casos significa aprendizaje.
Una pregunta que puede cambiar nuestra respuesta
Cuando algo deja de funcionar, solemos preguntarnos:
“¿Cómo hago para que esto vuelva a ser como antes?”
Sin embargo, podríamos probar con otra pregunta:
“Dadas las circunstancias actuales, ¿cuál es la respuesta más útil y coherente con mis valores?”
La diferencia parece pequeña.
Pero la primera pregunta intenta recuperar el pasado.
La segunda comienza a construir desde el presente.
Para llevar contigo
La flexibilidad psicológica no significa cambiar quién eres; significa ampliar tus maneras de responder.
Además, adaptarse no es lo mismo que resignarse.
Una estrategia útil en un contexto puede dejar de funcionar en otro.
Asimismo, sentir emociones difíciles no impide actuar de acuerdo con nuestros valores.
Persistir puede ser resiliente, pero cambiar de rumbo también.
Por último, ser flexible no significa adaptarnos a situaciones injustas o dañinas. A veces necesitamos transformar el entorno, poner límites o alejarnos.
Cierre
Durante mucho tiempo asociamos la fortaleza con permanecer firmes.
Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que también existe fortaleza en saber movernos.
Un árbol que nunca pudiera inclinarse frente al viento tendría muchas posibilidades de romperse.
Nosotros tampoco necesitamos responder siempre de la misma manera. A veces tendremos que perseverar.
Otras veces tendremos que detenernos. En ciertos momentos necesitaremos aceptar. y, en otros, actuar.
Habrá ocasiones para insistir y también momentos para cambiar de camino.
Por eso, flexibilidad psicológica y resiliencia se encuentran en una idea profundamente humana: podemos modificar nuestra manera de avanzar sin perder aquello que orienta nuestra vida.
Quizá adaptarnos no consista en convertirnos en alguien diferente.
Quizá consista en descubrir nuevas maneras de seguir siendo nosotros mismos frente a una realidad que cambió.
Soy Juan Pablo García y te invito a que construyamos juntos un camino de transformación.
Referencias bibliográficas
Bonanno, G., Chen, S., y Galatzer-Levy, I. (2023). Resilience to potential trauma and adversity through regulatory flexibility. Nature Reviews Psychology, 2, 663–675. https://doi.org/10.1038/s44159-023-00233-5
Hayes, S., Luoma, J., Bond, F., Masuda, A., y Lillis, J. (2006). Acceptance and commitment therapy: Model, processes and outcomes. Behaviour Research and Therapy, 44(1), 1–25. https://doi.org/10.1016/j.brat.2005.06.006
Roche, M., Faulkner, J., y Callagher, E. (2026). A scoping review and research agenda: Psychological flexibility and wellbeing in organisations. Applied Psychology: Health and Well-Being, 18(2), e70139. https://doi.org/10.1111/aphw.70139


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